A los hermanos y hermanas de El Salvador - Inspiración de Jesucristo

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A los hermanos y hermanas de El Salvador

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A LOS HERMANOS Y HERMANAS DE EL SALVADOR


Hermanos y hermanas de El Salvador:

El Salvador del Mundo, nuestro Señor Jesucristo, prometió que “la verdad os hará libres”.

Todo esto ha sido y será por siempre para honra y gloria de El Salvador y de todo el mundo.

A continuación proclamo, con la voz de mi corazón y mi alma, los siguientes Salmos, tal como están escritos en la Sagrada Biblia Latinoamericana:

Salmo 49. Inconsciencia de los ricos.

«Oigan esto, pueblos todos, habitantes del mundo entero, escuchen; gente del pueblo y gente de apellido, ricos y pobres, todos en conjunto. Mi boca va a decir sabiduría y lo que pienso sobre cosas hondas; dejen que me concentre en un refrán, lo explicaré al son del arpa. ¿Por qué temer en días de desgracia, cuando me cercan el mal y la traición de los que en su fortuna confían y hacen prevalecer su gran riqueza? Mas comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata, sobornarlo, pues es muy caro el precio de la vida. ¿Vivir piensa por siempre, o cree que no irá a la fosa un día? Pues bien, verá que los sabios se mueren, que igual perecen el necio y el estúpido, y dejan para otros su riqueza. Sus tumbas son sus casas para siempre, por siglos y siglos sus moradas, por más que su nombre a sus tierras hayan puesto. El hombre en los honores no comprende, es igual que el ganado que se mata. Hacia allá van los que en sí confían, ese será el fin de los que les gusta escucharse. Abajo cual rebaño la muerte los reúne, los pastorea y les impone su ley. Son como un espectro desvaído que a la mañana vuelve su casa abajo. Pero a mí Dios me rescatará, y me sacará de las garras de la muerte. No temas cuando el hombre se enriquece, cuando aumenta la fama de su casa. Nada podrá llevar él a su muerte, ni su riqueza podrá bajar con él. Su alma, que siempre en vida bendecía: «Te alaban, porque te has tratado bien», irá a unirse con la raza de sus padres, que jamás volverán a ver la luz. El hombre en los honores no comprende, es igual que el ganado que se mata.»

Salmo 52. Dios destruirá al malvado.

«¿Por qué de tu maldad te jactas tanto, tú que te sientes fuerte en tu injusticia y meditas en crímenes todo el día? Una navaja afilada es tu lengua, hacedor de imposturas. Amas el mal más que el bien, prefieres la mentira a la verdad. Lengua embustera, que te gusta lanzar toda palabra que hace mal. Por eso Dios te aplastará, te va a tomar y echarte de tu tienda, te extirpará de la tierra de los vivos. Los buenos lo verán y temerán y dirán riéndose de él: «Miren al hombre que no hizo de Dios su fortaleza, sino que confió en sus muchas riquezas y se encastilló en su crimen». Pero yo quiero ser olivo vigoroso en la casa de Dios, en el amor de Dios yo me confío para siempre jamás. Te alabaré por todo lo que has hecho, tu Nombre será siempre mi esperanza, porque eres bueno, Señor, con los que te aman.»

Salmo 56. El justo no sucumbirá. Oración de los millones de oprimidos para los que no ha brillado la esperanza.

«Oh Dios, ten piedad de mí, que me hostigan, me acosan asaltantes todo el día, me hostigan todo el día y mira como me debato. ¡Qué numerosos son mis adversarios! En ti pondré, oh Altísimo, mi confianza el día que tenga miedo. Renuevo mi fe en las palabras de Dios, confío en Dios y no temo más: ¿qué me puede hacer un ser de carne? Oigo todo el día palabras hirientes, no piensan más que en hacerme daño. Se agrupan, se ocultan, me siguen el rastro, se lanzan a la caza de mi vida. Después de tanta maldad, que no se escapen, que sobre ellos recaiga, oh Dios, la furia de los paganos. Tu contaste mis disgustos, recogiste mis lágrimas en tu odre. Retrocederán mis enemigos el día que te invoque. Sé muy bien que Dios está conmigo. Mi fe renuevo en las palabras de Dios, tengo fe en la palabra del Señor; confío en Dios y no temo más, ¿qué puede hacerme un hombre? No me olvido, oh Dios, de mis promesas, te ofreceré sacrificios para darte gracias, porque me sacaste de la muerte; no dejaste que diera un paso en falso. En presencia de Dios seguiré caminando a la luz de los vivos.»

Salmo 64. Los calumniadores serán castigados.

«Escucha, oh Dios, mi voz cuando me quejo; me amenaza el enemigo, guarda mi vida; escóndeme del complot de los malvados y de las maniobras de los criminales. Afilaron sus lenguas como espada, tienen sus flechas, palabras de amenaza, que tiran a ocultas contra el inocente, las lanzan de improviso y sin miedo. Se animan entre sí para hacer el mal, estudian como disimular la trampa y dicen: ¿Quién verá o quién descubrirá nuestros secretos? Los sacará a la luz el que escudriña el fondo del hombre, lo profundo del ser. Pero Dios les lanza sus flechas, y se ven heridos de repente. Sus propias palabras los hicieron caer y los que los ven los miran sin piedad. Cada cual entonces empieza a temer, dice en voz alta que es obra de Dios, y comprende su acción. El justo se alegrará en el Señor y en el confiará; se congratularán todos los de recto corazón.»

Salmo 66. Acción de gracias al terminar la lucha.

«Aclamen a Dios toda la tierra, canten salmos a su glorioso nombre, hagan alarde de sus alabanzas. Digan a Dios: ¡Qué terribles son tus obras! Tu fuerza es tal que tus enemigos se convierten en tus aduladores. Toda la tierra ante ti se inclina, te canta y celebra tu Nombre. Vengan a ver las obras de Dios: sus milagros que a los hombres espantan. Transforma el mar en tierra firme, por el río pasaron caminando; ¡Que para él sean nuestros festejos, para el Valiente, siempre vencedor! Con sus ojos vigila las naciones no sea que se alcen los rebeldes. Bendigan, pueblos, a nuestro Dios, que se escuchen sus voces, que lo alaban, porque él nos ha devuelto a la vida y no dejó que tropezaran nuestros pies. ¿Oh Dios, por qué nos examinaste y nos pusiste en el crisol como la plata? Nos hiciste caer en la trampa y la angustia nos apretó el estómago. Dejaste que un cualquiera cabalgara sobre nuestras cabezas, por el fuego y por el agua hemos pasado pero, al fin, nos has hecho respirar. Llegaré hasta tu Casa con holocaustos, y te cumpliré mis votos, que en mi angustia mis labios pronunciaron y ratificó mi boca. [...] Vengan a oírme los que temen a Dios, les contaré lo que hizo por mí. Mi boca le gritaba alabanzas pues estaban debajo de mi lengua. Si hubiere visto maldad en mi corazón, el Señor no me habría escuchado. Pero Dios me escuchó y atendió a la voz de mi plegaria. ¡Bendito sea Dios, que no desvió mi súplica ni apartó de mi su amor! ¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga, nos ponga bajo la luz de su rostro! Para que conozcan en la tierra tu camino, tu salvación en todas las naciones. Que los pueblos te den gracias, oh Dios, que todos los pueblos te den gracias. Que los poblados se alegren y canten. Pues tú juzgas los pueblos con justicia, tú riges a los pueblos de la tierra. Que los pueblos te den gracias, oh Dios, que todos los pueblos te den gracias. Ha entregado la tierra su cosecha, Dios, nuestro Dios, nos dio su bendición; que nos bendiga Dios, y sea temido hasta los confines de la tierra.»

Todo esto ha sido y será por siempre para honra y gloria de El Salvador y de todo el mundo.

Con el fiel espíritu cristiano de nuestra pobre hermana Santa Rosa de Lima.

Con el divino amor de nuestra Santísima Madre Reina de la Paz.

Con la infinita bondad del Espíritu Santo por todos los pueblos del mundo.

Les ofrendo mi corazón y mi alma como pobre misionero laico de El Salvador.

«¡Que los pueblos te den gracias, oh Dios, que todos los pueblos te den gracias!».

Alfredo Medrano

 
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