Amarás a tu prójimo como a ti mismo - Inspiración de Jesucristo

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Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Campaña de evangelización


LOS SAGRADOS MANDAMIENTOS DE
NUESTRO DIOS PADRE YAHVEH NOS ORDENA:
AMARÁS A TU PRÓJIMO
COMO A TI MISMO



Fieles hermanos y hermanas de Santa Rosa de Lima:

Los señores y señoras mayores de nuestro pueblo, saben que nací en Santa Rosa de Lima, de una mujer pobre, y de un hombre que se negó a reconocerme como hijo suyo. Estaba destinado, pues, a vivir como cualquier otro pobre salvadoreño.

Gracias a Dios, mi madre, Elena Emperatriz Molina, trabajaba de sirvienta en el hogar de la rica familia Medrano Serarols, integrada por Daniel Medrano, Carmen Serarols de Medrano, Elena Medrano y Elia Medrano, quienes por designio de Dios no tenían ningún hijo o hija que heredara su fortuna y preservara su descendencia. Nací en casa de la familia Medrano Serarols y me convertí en su hijo único heredero, después que mi madre aceptara darme en adopción. El Dr. Juan Molina Reyes, notario y tío de mi madre Elena Emperatriz, acordó con mi familia adoptiva que me darían una buena educación y que nunca me ocultarían la verdad, ni impedirían mi relación con mi progenitora y con mi familia Molina.

Nuestras antiguas amistades y conocidos, saben que mi familia católica Medrano Serarols, así como mi familia Molina, amaban fielmente a nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María y a nuestros hermanos santos, y que desde niño me educaron para que demostrara religiosamente mi amor a Dios y a nuestros hermanos y hermanas pobres.

Para honra y gloria de nuestro Dios Padre Yahveh y de nuestra Iglesia Católica, mi familia Medrano Serarols y mi familia Molina en Santa Rosa de Lima me enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo. Gracias al buen hábito por el estudio que me inculcó mi profesora Elia Medrano, por mi propia cuenta he podido comprobar que lo hicieron de forma correcta, pues la Biblia de Jerusalén y la Biblia Latinoamericana nos dice cómo debemos amar a nuestro misericordioso Dios Padre: “Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.” (Dt 6:5).

Desde niño me inculcaron que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó el fiel y correcto cumplimiento de los Mandamientos de nuestro Dios Padre Yahveh, afirmándonos: «El primero es: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» (Mc 12:29-31).

Gracias a Dios, desde mi infancia me enseñaron la trascendencia del amor al prójimo, tal como consta en la Santa Biblia: “Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Ga 5:14). “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4:20).

En mi familia Medrano Serarols desde niño me pro-porcionaron libros y revistas de nuestra Iglesia, en los cuales comencé a conocer las obras de amor rea-lizadas por nuestros hermanos santos. Así comencé a conocer y amar a nuestra hermana Santa Rosa de Lima, habiéndome satisfecho muchísimo saber que el día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2449).

Gracias a la educación que recibí, desde mi infancia comencé a conocer las obras de amor a Dios y al prójimo realizadas por San Juan Bosco, San Francisco de Asís, San Martín de Porres, San Vicente de Paúl, San Ignacio de Loyola, y las de muchos más hermanos y hermanas santas fundadoras de congregaciones que en todo el mundo se han dedicado a demostrarle a los pobres el infinito amor de nuestro justo y misericordioso Dios Padre. Durante mi juventud fue maravilloso y aleccionador estudiar el santoral de nuestra Iglesia Católica, y continúo estudiándolo para aprender cada vez más de sus testimonios de vida, especialmente las experiencias de los santos que se dedicaron a combatir las herejías, así como las conversiones que lograron. Entre muchas obras que he estudiado y me han inspirado durante las últimas tres décadas, además de Villa El Salvador en Perú, la Corporación Cooperativa Mondragón en el País Vasco y la Organización Nacional de Ciegos en España, me han agradado las obras realizadas por la Madre Teresa de Calcuta y por el Padre Vito Guarato.

Gracias al testimonio de nuestros hermanos santos, desde mi infancia he tenido perfectamente claro que nuestra salvación depende del amor que le demostremos a nuestros hermanos pobres; y que nuestra condena no solo depende del mal que causemos a nuestros semejantes, sino también de lo bueno que dejemos de hacer a los demás. Asimismo he tenido claro que las buenas obras nuestro Dios Padre nos las ha dado para que le demostremos su infinito amor a nuestros semejantes, a los hermanos y hermanas pobres que siempre están con nosotros, en nuestros pueblos, en nuestras familias, para que demostremos en ellos el verdadero amor que le profesamos a nuestro Dios Padre. Siempre he sido cristianamente consciente que no son las obras las que nos van a salvar, sino nuestro Señor, cuando venga en su gloria a juzgarnos a vivos y muertos.

Desde muy joven comprendí que la Palabra de Dios es suficientemente clara y precisa cuando dice que nuestro Señor vendrá en su gloria a juzgarnos a vivos y muertos, y que entonces quienes Él considere que en espíritu y en verdad han obrado con justicia y mi-sericordia le preguntarán y escucharán su sentencia: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25:37-40).

He podido comprobar que la gracia y la verdad, aunque no la merecemos por nuestras obras y pensamientos, nos ha sido dada por nuestro Señor y Salvador: “Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.” (Jn 1:16-17). “Y, si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia.” (Rm 11:6).  Por gracia hacemos las obras que agradan a nuestro Dios Padre, así como nuestro Señor obró bien para lograr la salvación de nuestras almas. “En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos.” (Ef 2:10).

Por gracia de Dios mi familia me inculcó la fe de nuestro Señor, para ser religioso, para que realice obras que beneficien a nuestros hermanos pobres. La religión que me inculcaron es fiel a la Palabra de Dios, pues la Santa Biblia dice: “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo.” (St 1:27). Desde mi niñez comenzaron a enseñarme que nuestra fe cristiana debemos demostrarla con obras, “porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (St 2:26). Por gracia de Dios, nunca le he hecho caso a los desgraciados hijos e hijas de Satanás que manipulan las Sagradas Escrituras para hacer creer que las obras de religión no sirven para la común salvación de las almas.

Por gracia, “yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor. Amén.” Por gracia, por ser justo y necesario, por ser nuestro deber y salvación, debo amar a mi prójimo como a mí mismo. Lo que deseo para mí, lo deseo para los demás; lo que no deseo para mí, tampoco lo deseo para mi prójimo.

Por gracia, la Palabra de Dios nos dice: “No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues de pecado por su causa.” (Lv 19:17). Por gracia de Dios, a los sacerdotes homose-xuales y pederastas, así como a los satánicos pastores protestantes, durante décadas los he corregido, para no ser cómplice de sus crímenes. Los desgraciados hijos e hijas de Satanás nos aborrecen a quienes por gracia somos religiosos hijos e hijas de nuestro Dios Padre Yahveh. Y por gracia, proclamando la verdad, debemos liberarlos de la mentira de Satanás, para que se arrepientan de la maldad que han cometido, hasta que dejen de alabar y adorar a Satanás, hasta que dejen de alabar y adorar el falso nombre de Satanás, hasta cuando regresen a la casa de nuestro Dios Padre Yahveh, hasta cuando santifiquen el Único y Verdadero Nombre de nuestro Dios Padre: YAHVEH.

Amados hermanos y hermanas, “creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2P 3:18).

 
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