El desarrollo con justicia social - Inspiración de Jesucristo

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El desarrollo con justicia social

Proyecto Generador de Empleo


EL DESARROLLO, CON JUSTICIA SOCIAL, ES LA PAZ

«Cuando fui por primera vez a la ciudad,
la vi como un monstruo, como un otro, diferente.»

Rigoberta Menchú


Sin miedo y con esperanza. Del Inca al Rey. Del Rey al Príncipe. Del padre al hijo. De hermano a hermano. El Rey entiende en su plenitud la realidad que hoy le plantea el espíritu indígena para la liberación de nuestro continente y la solidaridad con todo el mundo. El Rey ya le dijo al Príncipe que el hambre es una tragedia evitable y lo qué hay que hacer para ganarle la guerra a la miseria y al desempleo. Como hijo heredará del padre los legítimos derechos que tenga que heredar. Como hermanos nos preguntamos: ¿quién es más grande, el Príncipe destinado a vivir con todos los privilegios que supone ser Rey de España, o un niño huérfano de cualquier nación pobre que subsiste en los basureros del mundo? A los ojos de Dios, todos somos iguales. A los ojos de los hombres, para que se haga justicia, todos tenemos la obligación de luchar contra los prejuicios que impiden el desarrollo de los pueblos y naciones. Para erradicar los prejuicios hay que revisar la historia, darle todos con hachas filosas a la mera raíz de los problemas que padecemos.

A nuestro continente los conquistadores españoles llegaron matándonos, diciéndonos que eran enviados por los Reyes de España y por Jesucristo. Por la Biblia nos enteramos que Cristo no les había dado esa orden de asesinar y robar al prójimo, sino todo lo contrario. También les ordenó que no mintieran y que no dieran falso testimonio. Diez Mandamientos les dio y ninguno cumplieron. Los españoles no tenían ninguna potestad divina, ni siquiera terrena, para juzgar y matar ai Inca Atahualpa, ni a nadie. Sabemos que lo hicieron por puro y salvaje interés, sembrando terror, porque querían apoderarse de todas las riquezas materiales de nuestro continente, sin importarles nuestros derechos de propiedad y nuestra vida. Han pasado los siglos y, por lógica, aunque muchas cosas continúan empeo­rando, otras han evolucionado positivamente. Ahora conocemos el pensamiento del actual Rey de España respecto al problema del hambre y la marginación en el mundo. Nos agrada su pensamiento, porque reconoce que a los pobres nos conviene trabajar para librarnos de la miseria. Nos alegra que reconozca la verdadera dimensión del problema. Heredamos megaproblemas que requieren megasoluciones. Nos encantaría que el Rey de España fuera personalmente a Santa Rosa de Lima, a nuestro querido pueblo minero, a recibir de nuestras propias manos una nueva remesa de maíz, cacao, frijoles, arroz, patatas, plátanos, oro, plata y joyas preciosas para el desarrollo de todo el mundo. Si el Papa ya llegó hasta San Salvador, ¿por qué el Rey de España no podría avanzar unos cuantos kilómetros más y llegar hasta nuestro pueblo? Si el Rey de España todos los años se quema la piel navegando en el mar, ¿por qué no podría quemarse un poquito la piel en nuestro pueblo? Ahora preferimos entregar nuestras ofrendas directamente, sin intermediarios, porque los intermediarios durante siglos nos estuvieron engañando a nosotros, al igual que engañaban a los Reyes de España.

Los salvadoreños, después de tantas guerras, hemos comprendido que nos conviene conquistar el desarrollo pacíficamente, utilizando la fuerza de la razón, en vez de la razón de la fuerza. Nos hemos sacrificado para alcanzar la paz, porque es lo que más anhelamos, después de la libertad. Nos ha tocado darle la vuelta al mundo para regresar al punto exacto de donde partimos, a la unión. A todos los barrios de nuestro pueblo durante veinte años nos ha tocado llevar esta cruz hasta el calvario con la esperanza de construir algún día la obra social que los sacerdotes nos prometieron en el convento para recreo y delicia de todos. Cada vez son más españoles los que saben que en uno de los cantones de Santa Rosa de Lima resucitamos el espíritu de uno de los sacerdotes españoles que asesinaron por nuestra causa. Incluso el padre Leopoldo sabe que estamos inmortalizando su espíritu. Ellos prometieron y a nosotros nos tocó cumplir su promesa. Gente de todos los barrios, colonias, cantones y caseríos han participado en nuestro organización, incluso de la virgencita, hasta nuestros hermanos protestantes, cada quien a su manera. No conocemos a ninguno que se haya quedado indiferente ante nuestro proyecto internacional. Nos han hecho perder bastante tiempo, pero ha valido la pena tener paciencia, porque hemos fortalecido y aprendido mucho. Sentimos mucho el retraso. Sabemos que varios españoles se han desesperado por nuestro retraso. El retraso se debió a hermanos nuestros enchufados en el poder eclesial y asistencial, que inútilmente lo manipularon para destruir nuestra iniciativa laboral.

Los dirigentes asistencialistas tienen sus propios planes de ayuda al prójimo, que fracasan la mayoría de las veces, porque creen que todo se logra a base de decreto. Predican sin fe o con fe errónea. Por eso casi nunca logran nada. Por esa falta de fe, por esa desconfianza en los pobres, se quedan en mediocridades. En la década pasada el Arzobispado de Santiago de Compostela creó el «Fondo de Solidaridad con los Parados», difundiendo una preciosa carta pastoral, que fracasó, por eso mismo. En Galicia tienen constancia de cuánto y cuántos nos hemos sacrificado para cambiar la mentalidad de nuestro antiguo párroco gallego. Durante toda la década pasada él estuvo maltratándonos como nos maltrataban los antiguos invasores y sacerdotes españoles, con menosprecio e irrespeto. Por ello fue que nos propusimos descubrirle toda la mediocridad de su carcomido sistema asistencial. Para destruir toda la falacia, nos aprovechamos de su peor defecto: considerarse una raza superior a la nuestra. Para que no se continuara burlando, le demostramos que no era ni tan grande, ni tan listo, ni siquiera tan poderoso como se creía. Se burlada de nosotros porque estamos anémicos. Era injusto que se burlara él, que nos ha arrebatado la comida de la boca. Se burlaba porque estamos en la calle. Lo invitamos a que entrara en nuestros hogares y nos echó de nuestras casas y se quedó con ellas. Nuestro antiguo sacerdote jamás logró comprender porqué le facilitamos todo para que se quedara con lo nuestro. Estaba delicadamente enfermo y preferimos continuar manteniéndolo en nuestras casas, para tenerlo siempre a mano y darle el tratamiento adecuado. En cuestiones de salud mental, le demostramos que somos excelentes médicos sin fronteras.

Su histórica enfermedad era mental. Reconocimos la gravedad de su enfermedad a los pocos días de haber llegado a nuestro pueblo, por la forma de hacer las cosas, por la forma de tratarnos. Llevamos más de quinientos años soportando los daños y perjuicios de esa nefasta enfermedad europea. Nuestro antiguo sacerdote gallego se sorprendió cuando se dio cuenta que nosotros teníamos en nuestro poder, antes que él, todas las llaves para entrar y salir de la Conferencia Episcopal de nuestro país. Desde Santiago de Compostela y Santa Rosa de Lima fuimos capaces de abrir la Conferencia, de par en par, las veces que nos apeteció. Entrábamos y salíamos como de nuestras propias casas. Realmente eran nuestras. Fueron nuestros parientes los que construyeron esas casas. En esas casas jugábamos cuando éramos niños. En esas casas reposaron su cabeza para siempre nuestros más queridos parientes. Conocíamos la Conferencia más que él. Conocíamos la sede de la Conferencia más que los obispos salvadoreños. Ellos, al igual que el, apenas eran unos recién llegados a nuestras casas. Los obispos salvadoreños ni siquiera sabían por qué nuestras casas se habían convertido en su sede episcopal. Llegamos hasta su mismo despacho, nos sentamos en el sillón donde él se sentaba a despachar su correspondencia, sin que se enterara. Nunca nos dejamos ver mientras le observábamos, para que no se asustara. Durante los últimos quince años, sólo en tres ocasiones fue capaz de vernos el rostro, apenas uno o dos minutos cada vez. La primera vez, en 1981, nos dijo que estábamos muertos. Por su propia lengua nos enteramos quién nos había matado antes de tiempo. La segunda vez, en 1983, por poco se nos muere del susto. Quizá vio su propio fantasma y por eso se asustó tanto. La tercera vez, en 1993, reconoció que estábamos vivos y que él se sentía mal por lo que había hecho. De inmediato reconocimos el síntoma evidente de que ya estaba comenzando a curarse.

Y sin vernos siempre fue incapaz de olvidarnos. Nunca dejamos tranquila su conciencia. Siempre le recordamos los daños y perjuicios que nos causaba. Cuando estaba la guerra en pleno apogeo, tanto temía él por su integridad física que hubo un tiempo en que llegó a contratar guardaespaldas, para que le protegieran. Militarizó la Conferencia Episcopal. Los militares no sabían porqué lo estaban protegiendo. A los pobres militares los estaban utilizando. Él creía que el ejército era nuestro enemigo, olvidándose que muchos soldados y oficiales eran de nuestro pueblo y que nos conocíamos bien. A ellos les explicamos lo que estábamos haciendo. Incluso llegaron a protegernos, para que nadie nos hiciera ningún daño. Conocíamos la indiosincracia de los militares porque también nosotros somos indios. Nuestro sacerdote gallego se confundió por completo. Nuestro desarrollo social, económico y cultural, jamás iba a lograr detenerlo con balas. En 1981, cuando comenzó la guerra, tiramos todas las armas de fuego y nos quedamos únicamente con una pequeña cuchilla para enseñarles las venas abiertas de nuestro continente. En 1990 la Policía Nacional de Santiago de Compostela salió corriendo de inmediato al Hospital General de Galicia para que los médicos las cerraran de nuevo. En todo el continente continúan abiertas las heridas y se abren cada vez más por la explotación despiadada. Aunque parezca paradójico, durante la década pasada, aquí nos atendieron mejor los miembros de la Brigada de Extranjería que los mismos sacerdotes.

Supimos aprovecharnos de todo lo que se nos oponía, incluso de la Ley de Extranjería, para desarrollarnos. Superamos cuanto obstáculo se nos presentó. Siempre seguimos adelante, sin parar, preparándonos para hacer más cosas. En el Arzobispado prefirieron guardar silencio porque no sabían cómo explicar lo que estaba sucediendo. Explicar el lío de ayudas después de haber aparecido durante una década más de setenta publicaciones sobre nuestra organización en todos los periódicos de Galicia —El Correo Gallego, La Voz de Galicia, El Ideal Gallego, Faro de Vigo, Diario de Pontevedra, La Región, El Progreso, A Nosa Terra—, para ellos no era muy fácil. A pesar de que nos la debía y de que todo el tiempo lo tuvimos al alcance de nuestras manos, nos propusimos que a nuestro cura párroco no le sucediera lo mismo que le pasó a fray Vicente de Valverde después de haber ordenado el asesinato del Inca Átahualpa en Perú. Al padre Leopoldo lo mantuvimos vivito y coleando durante toda la contienda. Sus temores eran infundados. Durante todos los años que duró la guerra, jamás intentamos tocarle ni siquiera un pelo; al contrario, nuestras familias lo estuvieron cuidando, para que nada grave le sucediese. La templanza de la invisible tela de araña que tejimos alrededor de su cuerpo superaba totalmente su capacidad de raciocinio. Uegó un momento en que su mente fue incapaz de maquinar nuevas ideas destructoras para impedir nuestro desarrollo. Temblaba, no por nosotros, sino por él mismo, porque le remordía la conciencia. Eso queríamos, que reflexionase. É creía lo contrario. No lograba comprender que a nosotros no nos interesaba su muerte, que no nos interesaba lo fácil, sino lo realmente extraordinario: salvar su alma. Todos los cuerpos humanos estamos condenados, a podrirnos o disecarnos, tarde o temprano. Sólo Dios sabe cuándo, dónde y cómo hemos de despedirnos de este mundo. Lo importante es el espíritu. Predicaba lo que era incapaz de reconocer. No lograba comprender nuestra estrategia de desarrollo, porque creía que pretendíamos recuperar todos los bienes que nos había quitado y los que le habíamos dado. Siempre nos organizábamos y dejábamos que nos quitara y destruyera más, para saciar su ambición. Así lo hicimos, hasta que se dio cuenta de lo generoso e inteligente que somos, hasta que reconoció que jamás ha sido superior a ningún salvadoreña Así le demostramos que las universidades españolas no son mejores que las nuestras, para que dejara de andar difundiendo semejante error. Así comenzamos a construir nuestra propia universidad sin fronteras.

A mi hermano adoptivo todo eso le pasó por andarse comparando con los pobres y con los ricos. Desde ese momento dejó de ser el auténtico Leopoldo Barreiro Gómez que debía ser, por desconocer muchos misterios de la vida. B fue quien nos trajo a Europa, en 1977, cuando nos reconocía como hermanos. Él fue quien armó todo el lío de ayudas en Santiago de Compostela, en 1981, cuando lanzó la primera piedra que manipuló a los sacerdotes y feligreses para destruir nuestra Asociación Gallega de Ayuda a El Salvador. Ahora posee muchos bienes materiales, pero aún le hace falta recibir muchos bienes espirituales. Por orgulloso no pide lo que más le conviene. «Pide y te daré., le dijo nuestro Divino Maestro; pero para desgracia suya, demostró que no cree en nuestro Hermano Mayor, Jesucristo. Menosprecio el poder de la comunión de los fieles. Confió más en el capital. Su amor por nuestro capital era una fantasía Ahora tiene lo que nos pertenece. No nos interesa quitarle nada; al contrario, queremos darle más que antes, para que nos quiera más que antes, pero no por lo que le damos, sino por lo que somos. Nosotros le seguimos queriendo por lo que es, nuestro viejo amigo, nuestro antiguo párroco gallego, que recuerde que su orgullo pronto morderá el polvo. Que recuerde que nuestro capital enterrara su cuerpo en nuestra tierra. Nosotros lo estamos trayendo de nuevo al pueblo para que conozca la verdadera riqueza de los pobres. Poco a poco lo vamos liberando de su orgullo maligno, para que deje de sufrir y para que no siga dañando a nadie. Tiene que regresar al pueblo con todo lo que nos pertenece. Para poder regresar al pueblo, tiene que ser valiente y humilde, como todos los combatientes de la guerrilla y del ejército que entregaron las armas y regresaron de las montañas. Tiene que dejar de ser cobarde para poder reconciliarse con su Iglesia. Mientras no se reconcilie con nosotros, jamás estará en paz consigo mismo. Lo estamos esperando. Él es el único que aún no ha encontrado el carril para regresar a su pueblo. Le estamos construyendo un nuevo carril para que regrese sin ninguna dificultad. Somos incluso capaces de traerlo del otro mundo. No se nos escapará nunca. Así construyendo nuevos carriles, les demostramos que somos expertos ingenieros sin fronteras.

Ahora ellos saben que podemos decidir, con legítimo derecho, la forma cómo vamos a administrar los bienes sociales. En nuestras organizaciones cooperativas, todos los miembros tenemos voz y voto, un voto cada quien, en igualdad de condiciones. En nuestras organizaciones laborales todos valemos por lo que somos, no por lo que tenemos. Nadie vale más que nadie. Todos los seres humanos valemos exactamente igual. Somos los hombres mezquinos los que nos dejamos engañar por las apariencias. Los tesoros acumulados son pura vanidad. El padre Leopoldo desde hace casi veinte años es cooperativista, miembro de la cooperativa sacerdotal en El Salvador. Y, a pesar de ser legalmente cooperativista, cometió el error de no respetar los principios cooperativistas internacionalmente reconocidos, debido a la mala educación cooperativa que le infundieron los demás sacerdotes que le precedieron en la administración de esa cooperativa. Por eso, conociendo las causas y efectos de la mala enseñanza cooperativa que recibió nuestro compañero Leopoldo, en Santa Rosa de Lima hemos diseñado y activado el Proceso Pedagógico de Reconversión Permanente de nuestra nueva organización laboral. Los sacerdotes y los dirigentes asistencialistas españoles, por las manipulaciones y fraudes que les han desautorizado moralmente, jamás podrán impedir que los pobres realicemos la distribución de las utilidades de nuestras empresas solidarias y de nuestras obras sociales, de forma equitativa y transparente, para beneficio de toda la humanidad. Así les demostramos que nosotros también somos cooperativistas sin fronteras.

Existen muchas anécdotas preciosas dentro de nuestra organización laboral. Por ejemplo: el capital de Caritas que se había desviado para negocios especulativos, en vez de regresárselo a quienes nos lo estaban reclamando, lo enterramos en los cimientos de la Escuela Comunal Agrícola «Santos Perla de Ventura» de Santa Rosa de Lima, entregándole a los obispos fiel constancia de la inversión social realizada en nuestra población. Ahora se puede ver en la obra el capital que antes se perdía sin que nadie del pueblo se enterara. Por ejemplo: durante los últimos quince años, el capital que hemos invertido en infraestructura y demás gastos de organización, en una considerable proporción, es la herencia de varios hijos adoptivos salvadoreños. Los padres de los niños, miembros de nuestra cooperativa de ahorro y crédito comunal, ante la necesidad que teníamos para financiar el Proyecto Generador de Empleo a nivel nacional e internacional, demostraron su confianza aportando el capital que se necesitaba. También lo han aportado mineros, joyeros, campesinos, obreros, empleados, empresarios, vendedores del mercado, voceadores de periódicos, profesores, médicos, enfermeras, ingenieros, arquitectos, abogados, notarios, economistas, estudiantes, políticos, católicos, protestantes, ateos, militares, guerrilleros, inmigrantes, de todos los cantones y pueblos vecinos de Santa Rosa de Lima. Nuestro desarrollo comunitario logró superar, los hechos lo confirman, la radicalización ideológica, el odio acumulado desde antaño y el generado por la guerra misma, así como la división popular creada por el proselitismo político y religioso. En nuestra organización laboral hemos participado todos, de una u otra manera, sin ninguna distinción. En Galicia más de dos mil gallegos, sacerdotes y monjas, catedráticos y administrativos de la universidad, médicos y empleados de hospitales públicos y clínicas privadas, funcionarios de instituciones gubernamentales y municipales, periodistas y trabajadores de medios de comunicación, profesores y empleados de centros educativos, directores y empleados de cajas de ahorros y bancos, empresarios, jubilados, campesinos, obreros, artesanos, estudiantes, niños, incluso extranjeros que estaban residiendo ahí, también aportaron capital para desarrollar nuestra alternativa laboral. En El Salvador, además de todos los recursos monetarios de nuestra empresa inmobiliaria la Parcelación Residencial Hispana, nos vimos obligados a hipotecar la casa donde estaba funcionando nuestra cooperativa, al igual que el terreno y edificio de nuestra Escuela Comunal Agrícola. Así les demostramos que somos financieros sin fronteras.

Durante toda esta primera fase de desarrollo, nuestra estrategia ha sido dejar que los sacerdotes nos empobrecieran más, para demostrarles la maldad de su sistema asistencial. Nunca hemos tenido miedo a ser pobres, porque somos pobres. Nunca nos hemos preocupado por las pérdidas y deudas contraídas, porque sabíamos que en cualquier momento podíamos bajar hasta el fondo de la mina de solidaridad a extraer toda la infinita riqueza que deseábamos para disfrute de todos. La mina de solidaridad pertenece a todo el mundo, pero no todos saben entrar y salir de ella. Muchos se pierden al entrar en los laberintos. A muchos les da pánico la oscuridad y salen huyendo. Muy pocos, durante toda la existencia, han logrado llegar hasta el fondo de la solidaridad. Para llegar al fondo, para disfrutar de todas sus bondades, hay que tener verdadero amor al prójimo. El amor a medias o con condiciones, incluso el amor de los que dicen que tienen buenas intenciones, no vale para nada. Los que no tuvieron miedo, los que no se quedaron rondando por la entrada recogiendo lo que encontraban, los que no se quedaron paralizados en las primeras penumbras, los que tuvieron fe de llegar hasta el fondo, han visto y palpado las verdaderas riquezas que existen. Les damos este testimonio, para que vayan conociendo el camino verdadero. El túnel tiene muchas entradas falsas que confunden a los malinten­cionados. El túnel, al momento de entrar es estrecho, pero dentro cabemos todos los habitantes del planeta. Caben muchos más de los que ahora somos. No cuesta nada entrar. Sólo es cuestión de querer. Queremos que todos lo vean, para que crean. Los que aún no creen, cuando lo comiencen a ver, ya creerán. A muchos, incluso, les interesará entrar. Bienvenidos sean todos. Los que intenten destruir la solidaridad, fracasarán, no comprenderán jamás el pasado, porque está construido en el tiempo y en el espacio, en el futuro de cada presente. Todos comenzarán a ver los frutos de la cosecha que plantamos. Le plantamos cara a la corrupción asistencialista. Les organizamos un macrojuicio en todas las facetas de la vida. Así les demostramos que somos hombres y mujeres sin fronteras. Somos mineros, joyeros, albañiles, mecapaleros, jornaleros, cargadores, transportistas, de todo. ¿Qué es lo que no somos nosotros? En realidad somos pueblos, por eso somos todo. Sin nuestros pueblos, nada somos. Por eso compartimos con nuestros pueblos, todas nuestras virtudes y defectos.

A los dirigentes asistencialistas no les interesa nuestra opción de vida. Prefieren la suya, de avaricia y muerte, porque en todo el mundo ganan millones matando a millones. Ellos intentaron echarnos de la Iglesia, querían que nos hiciéramos protestantes, que nos convirtiéramos en secta, para tener una excusa ante la opinión pública, pero no les seguimos la corriente. No somos estúpidos. No estábamos dormidos, sino durmiendo, como diría Camilo José Cela, el hombre que también entiende de buenas comidas y viajes. Intentaron destruirnos y fracasaron. No han perdido nada material, excepto muchos prejuicios. Al final salieron ganando bastante, porque conocieron el amor de todo un pueblo luchando por su liberación. Pocas veces se plantea un juicio para que todos salgan ganando. Nos interesa que nadie se sienta perdido, sino todo lo contrario. Así, poco a poco continuaremos derribando muros en su corazón y en su mente, limpiando lo que haya que limpiar, hasta dejarlo todo impecable y diáfano, para que comprendan y reconozcan las infinitas bondades del Proyecto Generador de Empleo de Carácter Innovador.

Somos cocineros sin fronteras. Nuestra segunda campaña contra el hambre, la comida para todos los continentes, la hemos cocinado a fuego lento, debidamente condimentada con las aromáticas y codiciadas especies de los indios. Ahora los hombres y mujeres de nuestra tierra le traemos a los espa­ñoles, sin intermediarios y sin violencia, lo que hace quinientos tres años iban a buscar a la India. Ahora ya no tendrán que ofrecer recompensas a los más salvajes, ni conceder títulos honoríficos a los más despiadados, ni tendrán que luchar contra el mar y el viento, ni armarse hasta los dientes para luchar contra sus fantasmas, ni se perderán en el camino de la amargura, ni encontrarán nada desconocido. Ojalá nunca más nos menosprecien. Ojalá que nunca más se crean superiores a nosotros. Ojalá siempre nos respeten y, más no les podríamos agradecer, nos demuestren su amor. Al Príncipe de Asturias y a todos los que deseen adquirir conocimientos solidarios, le dedicamos nuestro primer plato de comida, de la exquisita comida de liberación que hasta ahora llevamos quinientos tres años preparando en todo nuestro continente.

 
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