No seais malos librad al oprimido - Inspiración de Jesucristo

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No seais malos librad al oprimido

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NO SEÁIS MALOS, LIBRAD AL OPRIMIDO


Haced juicio y justicia, y librad al oprimido...

Jeremías 22, 3


Todos los daños y perjuicios que he soportado por culpa de los sacerdotes y monseñores que han utilizado el poder eclesial para calumniarme y aniquilarme, no es ninguna novedad, sino la mortífera historia que se repite desde el inicio de los tiempos, y que seguirá reproduciéndose hasta el fin del mundo. Tal como consta en la Biblia, más de cuatro siglos antes de Jesucristo, el profeta ya lo advirtió: “Haced juicio y justicia, y librad al oprimido de mano del opresor, y no engañéis ni robéis al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derraméis sangre inocente.” (Jer 22,3)

Como hombre de este tiempo, he tenido la dicha de ser testigo que Juan Pablo II ha restituido los derechos de los cristianos que fueron despreciados, excomulgados y aniquilados por los despiadados Inquisidores de la Iglesia Católica. Varios siglos después, por fin nuestro Sumo Pontífice ha reconocido la verdad que nuestros antiguos hermanos descubrieron y proclamaron para bien de la humanidad, cuyas contribuciones al desarrollo del hombre, a todas luces, nos han librado de mucha ignorancia e iniquidad.

Desgraciadamente, en estos tiempos, los sacerdotes y monseñores estafadores, los que se dedican a despilfarrar y robar las millonarias donaciones destinadas a ayudar a los pobres, se aprovechan de las leyes diocesanas para cometer y encubrir sus delitos, y arpíamente manipulan a los fieles de nuestras parroquias contra quienes no nos some­temos a su malévola perversión religiosa.

Los hechos hoy en día demuestran que los pobres seguimos empobreciéndonos en nuestro país, mientras los sacerdotes y monseñores corruptos se enriquecen y envilecen cada vez más, convirtiendo nuestros templos e instituciones en “cuevas de ladrones”, como lo denunciara nuestro Divino Maestro, El Salvador del Mundo.

La necesidad de nuestro pueblo nos obliga a seguir luchando contra la corrupción. Otro millón y medio de damnificados debido a los primeros sismos de este nuevo milenio cristiano, nos obliga a seguir desenmascarando a los corruptos, a fin de lograr que todos los recursos disponibles se destinen a la reconstrucción de nuestra nación.

Todos los salvadoreños tenemos obligación de participar en la reconstrucción de nuestro país, construyendo las más de ochocientas mil viviendas que hacen falta para que ninguna familia salvadoreña carezca de un terreno y una casa que sea de su legítima propiedad, así como los puestos de trabajo donde devenguen el salario mensual que les garantice una subsistencia digna.

No es justo que ahora a los miembros de Cáritas de Santa Rosa de Lima nos impidan par­ticipar en la reconstrucción de nuestra nación, tan sólo porque nuestro párroco salvadoreño sigue siendo incapaz de pedirle perdón al actual director de nuestra Cáritas Diocesana por todos los robos y ofensas que cometió durante la guerra civil.

Tampoco es justo que nuestro ocioso sacerdote español, burlándose del sufrimiento y miseria que ahora están padeciendo las víctimas de los terremotos, con la misma descarada indolencia y lujuria que demostró durante la guerra civil, ha comenzado a construir su piscina privada en la propiedad que con capital robado en nuestra Conferencia Episcopal adquirió en la costa de nuestro Océano Pacífico.

En El Diario de Hoy 3 de marzo/2001, Juan Pablo II nos dice a los salvadoreños que “el único camino de la paz es el perdón”. El problema es que los sacerdotes y monseñores corruptos no quieren la paz, ni les interesa el perdón, sino seguir robando las donaciones y las limosnas, para continuar financiando su insaciable perversión.

Juan Pablo II, en la Carta Encíclica Sollicitu rei socialis, en 1987 al episcopado le advirtió que las «estructuras de pecado» y los pecados que conducen a ellas, se oponen con igual radicalidad a la paz y al desarrollo, pues el desarrollo, según la conocida expresión de la Encíclica de Pablo VI, es «el nuevo nombre de la paz».

He leído muchas de sus encíclicas y alocuciones, he admirado los buenos y constantes consejos que le ha dado al episcopado. Desde luego, no es culpa del Papa, sino del clero que jamás le hace caso a ningún Papa bueno, porque son malignos y como tales les conviene seguir manteniendo sometida en la ignorancia a nuestra feligresía.

Juan Pablo II expresa con exquisita elegancia nuestro desafío: “Este es un desafío que concierne a cada individuo, pero también a las comunidades, a los pueblos y a la entera humanidad. Afecta, de manera especial, a las familias. No es fácil convertirse al perdón y a la reconciliación. Reconciliarse puede resultar problemático cuando en el origen se encuentra una culpa propia. Si en cambio la culpa es del otro, reconciliarse puede incluso ser visto como una irrazonable humillación.”

En 1986, cuando ocurrió el terremoto de San Salvador, en Santiago de Compostela escribí el “cuento salvadoreño”, suplicándoles que recemos el Padrenuestro con sinceridad, para perdonarnos mutuamente y en paz realizar obras que beneficien a los pobres. Para descrédito de nuestra Iglesia, los sacerdotes y monseñores corruptos prefieren seguir rezando hipócritamente en todas las misas, por su maldito amor al dinero.

Tengo fe que en el futuro otro Papa se dignará hacer justicia reconociéndonos por nuestras obras y su vigilante espíritu se alegrará al comprobar las bondades de nuestra Campaña Cristiana Con­tra la Corrupción y el Desempleo.

Que Dios le bendiga por el misericordioso amor que durante su labor pontificia nos ha demostrado a los pobres de El Salvador y de todo el mundo

 
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